Era verdad. El frío había hecho mella en ella, y eso, junto con el estrés, y sus defensas bajas, habían hecho el resto. La fiebre era cada vez más alta.
Muy a su pesar, se fue directa a casa. Nada más entrar, tiró de malas maneras la mochila al trastero, y subió a su habitación. Con ropa y todo, se metió en la cama, pero no pasaron ni treinta segundos hasta que la puerta de la habitación se abrió, y una sonrisa traviesa asomó por ella.
Y la chica sonrió.
-Ni medio minuto, ¿eh?
-Si mi caprichosa está malita, debería cuidar de ella, ¿no?
Ella rió.
-¡Pues empieza!
Se hizo a un lado, dejándolo espacio en la cama. Él se sentó junto a ella, agarrando su mano, mientras ambos se miraban.
-¿Fiebre?
-Eso es. Cambio de estación, resfriado seguro.
-Siempre igual.
-Calla y métete aquí.
Él la miró, alzando una ceja.
-Venga ya...
-En serio. Tengo...tengo frío.
Con una suave risa, se metió a su lado, abrazándola con cariño.
-¿Mejor?
Ella le abrazó, sonriendo.
-Mucho.
Pasaron horas. Él seguía abrazándola, y ella seguía abrazada a él. Con un suave movimiento, él le acarició la frente primero, y la mejilla después, con una risa.
-Tú no tienes fiebre. Tienes un calentón.
Indignada y roja, le propinó como pudo un suave codazo.
-¡Ya quisieras!
Rieron, y luego volvieron a mirarse. Casi sin darse cuenta, se acercaron más el uno a la otra. Casi de repente, sus labios se fundieron en un suave beso.
Las manos de él recorrieron entonces las curvas de la chica, sobre sus leggings de cuero y su camiseta larga, hasta hundirse en su pelo, mientras ella acariciaba suavemente su espalda, hasta llegar a su trasero y agarrarlo con suavidad.
Poco después, bajo el edredón de plumas, él estaba sobre ella, besándola en los labios, con pasión, casi con urgencia, mientras masajeaba uno de sus pechos con lentitud, agarrándolo suavemente, mientras ella rozaba la piel de su espalda, bajo la camiseta negra del chico.
Pasaron un buen rato así, tocándose por encima de la ropa, hasta que pensaron que iba sobrando. Sin dejar de besarla, el chico la incorporó, y, despacio, sin prisas, le quitó la camiseta. La miró, sonriendo. Aquel sostén de frutas la hacía más inocente incluso de lo que era ya. Ella se tapó un poco, sonrojada, y la sonrisa del chico se ensanchó. La hizo quitar suavemente las manos, y, dejando por el momento el sostén donde estaba, le quitó los leggings. Como esperaba, era el conjunto de frutas que se compró días atrás, cuando lo arrastró de compras. La dejó así mientras ella, aún tímida, empezaba a quitarle la camiseta, y a desabrocharle los vaqueros, dejando a la vista unos abultados boxer negros. Los miró, sonrojada, y luego lo miró a él.
Él cogió su mano, mirándola.
-¿Quieres hacerlo?
Sin pensarlo, algo asustada, pero completamente segura, asintió. Él la tumbó en la cama, besándola, y, tras besar sus labios y su cuello, se deshizo del sostén, y besó sus dos pechos, jugueteando luego con los pezones. Ella, roja hasta la raíz del pelo, gimió bajito. Él succionó un poco sobre el pecho izquierdo, a la altura del corazón, hasta dejar una marca en ella. Luego, bajó los besos por su vientre, hasta el sexo de ella, rozándolo con un dedo por encima de las braguitas, que, despacio, se humedecieron. Entre gemidos de ella, la desvistió del todo, hundiendo luego su boca en su vagina, lamiéndola toda, jugando con su clítoris. La notó arquearse en muchos momentos, y, luego, ella, decidida, tomó la iniciativa, y las tornas cambiaron. Él, tumbado, la sintió lamer su miembro, mientras notaba como su lengua mojaba toda su erección. Llegó un momento en que ninguno pudo aguantar más, y ella, aún arriba, se metió lentamente su miembro, que, una vez dentro, se empezó a mojar. Tras unos minutos de quietud, lentamente, ella empezó a moverse, alante y atrás, despacio, para luego dar pequeños saltitos sobre él. Ambos gemían y disfrutaban del cuerpo del otro. Él apretaba suavemente sus pechos, no sin deseo, pero sí con cuidado. Ella se iba amoldando más a él, mientras sus caderas se empezaban a mover solas. Pasaron minutos y horas el uno dentro de la otra, casi era como si fuesen insaciables.
Al amanecer, ambos cayeron rendidos. Con sus sudorosos cuerpos aún enlazados, se volvieron a besar. Él colocó una mano en la frente de ella, que ardía. Con una leve sonrisa, susurró.
-Creo que ni tú ni yo iremos a clase hoy.
Sonriendo, ella le besó en los labios.

Wow, ¿estas son las cosas que escribes cuando tienes fiebre? ^^
ResponderEliminarYa ves, la fiebre me confunde (?) ¿Te ha gustado? No suelo escribir muchas...
ResponderEliminarSí, claro que me ha gustado ^^ Sobretodo la primera imágen.
ResponderEliminarO cuando me da el venazo. Escribo un poco de todo, pero...aunque no te lo creas, escribir relatos subiditos me da corte. Lo juro xD
ResponderEliminarP-por dios.. -////-
ResponderEliminar¿Qué pasa...?
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