jueves, 13 de octubre de 2011

O3. Palabras que se callan...

Asesina.
Un calificativo que va mucho conmigo.
Sí, era una asesina. La mejor asesina a sueldo jamás conocida en el mundo. Y, además de eso, trabajaba como camarera, actriz, cantante de bar y unas cuantas cosas más.
Y todo eso con diecisiete años. No está mal, ¿verdad?
Mi historia no es nada extravagante, rara ni terrorífica, pero sí algo triste.
Debo empezar por decir que provengo de toda una dinastía de asesinos, los mejores asesinos de toda la Vigilia, que llevaban trabajando al servicio de quien mejor les pagara desde los tiempos de Matusalén, más o menos. Así que mejor no extrañarse de que sea una asesina, en mi entorno eso era algo de lo más normal.
Pero no era una simple asesina. 
Era “la asesina”. Mi nombre era respetado y temido por todos los que habían oído hablar de mí, si es que no lo habían olvidado, claro.
Eso era lo peor de todo. A pesar de hablar con todo el que me rodeaba, si no volvía a verlos en un tiempo, se olvidaban de mí.
Y eso me hacía sentir tremendamente sola.
Hasta que llegó Mark.
Mark era un chico de mi misma edad, al que conocí casualmente tras volver al cuartel después de un asesinato por el cual me habían pagado un buen dineral, que pensaba fundirme en algún capricho, como, por ejemplo, toda una biblioteca para mí solita.
Pues bien, tras haber vuelto y puesto al corriente a mi jefe, o mejor dicho, mi padre, salí al jardín, donde lo vi trabajando con un seto al que intentaba dar alguna forma, que yo aún no identificaba. Me acerqué a él, curiosa, y él me miró, sonriendo tímidamente.
-¿Qué es?-pregunté, señalando al matorral.
-Un delfín. He pensado que, como aquí tenéis una fuente enorme, pegaría bastante, ¿no crees?
Yo asentí, sonriendo.
-No tienes acento de la zona. ¿De dónde vienes?-le pregunté.
-De aquí mismo. Nací aquí, pero mis padres son extranjeros, y, aunque hable el idioma con bastante fluidez, aun no tengo el acento.- me explicó.-¿Y tú, eres de aquí?
-Claro. Mi padre es el dueño de todo esto.
De pronto, se puso tenso, y algo pálido.
-¿Te pasa algo?-pregunté, preocupada.
Al cabo de unos segundos, se recuperó.
-No es nada. Ha sido un golpe de calor, me suelo poner así cuando me dan.
-¿Pero estás bien?
-Sí, tranquila.-me dijo.- ¿Puedo saber tu nombre?
Yo sonreí, con tristeza.
-Se te olvidará enseguida.
-No lo sabrás si no me lo dices.
Inspiré profundamente, y le dije, sonriendo:
-Me llamo Leyre.
El me devolvió la sonrisa, mirándome con unos ojos verdes de los que no me había percatado, y que chispeaban amistosamente.
-Yo soy Mark.
Pasamos casi todo el día hablando. Mark me habló sobre sus padres, sus dos hermanos pequeños, su casita a las afueras de la ciudad, y un montón de cosas, mientras llenaba el jardín de delfines, estrellas de mar y peces en general.
A la llegada del crepúsculo, nos despedimos. Me preguntó qué haría al día siguiente.
-Pues, como todas las chicas de mi edad, ir al instituto, hacer los deberes, y salir, si encarta. ¿Y tú, Mark?
-Yo estaré aquí a medio día, me toca adecentar el jardín del ala oeste. ¿Nos veremos mañana?
-Claro que sí.
Mark se fue, agitando la mano, y yo le despedí de la misma manera.
Desde ese día, Mark y yo éramos casi inseparables. Al contrario de lo que había pensado, nunca se olvidó de mí. Pasábamos las horas muertas hablando, y, cuando yo tenía algún trabajo, le ponía la excusa de que una amiga me había llamado para que fuera a ayudarla con una asignatura que no se le daba bien, para que así no sospechara. Y los meses pasaron sin sentirse, hasta que llegó el día de mi décimo octavo cumpleaños.
Aquel día era festivo, por lo que no había instituto, y me tocaría recibir regalos y felicitaciones, poner cara de alegría y aguantarme hasta que Mark llegase.
Pensé que no podría aguantar hasta medio día, pero no tuve que hacerlo. Porque delante mía, tras una ventana, estaba Mark, haciéndome señas para que saliera y me reuniera con él.
Así que me quité de encima a unas cuantas personas, y salí fuera como alma que lleva el diablo, contenta de poder librarme de ese barullo.
Mark me recibió con una sonrisa, y me dijo:
-Te he traído una sorpresa.
-Oye, Mark, te dije que no se te ocurriera comprarme nada.
-¿Quién ha dicho que te lo haya comprado?
Lo miré, interrogante, y él sacó algo de su bolsillo, un trozo de tela opaca, y me vendó los ojos con ella. Luego, me cogió la mano, y dijo:
-Acompáñame.
-¿A dónde me llevas, Mark?
-Al Jardín del Edén.
Yo me reí, pensando que era una de sus bromas. Pero llegamos a algún lugar y él me quitó la venda.
Los ojos se me llenaron de lágrimas.
Aquello verdaderamente era el Jardín del Edén.
Era el jardín más grande de todos los que teníamos en casa. Había estado hecho un asco durante mucho tiempo. Y, sin embargo, en a penas unos meses, Mark lo había convertido en el más bello de los jardines, plagándolo de rosas, azucenas, tulipanes y todas las flores más hermosas del mundo. En el centro del jardín había crecido un cerezo, cuyas flores rosáceas se abrían al mundo. El único elemento artificial de ese jardín era un banco de metal pintado de blanco, situado bajo el cerezo. Mark, al ver que no reaccionaba, me cogió de la mano, y tiró de mí hacia el banco, hasta que me sentó en él, y se puso a mi lado.
-¿Qué te parece? ¿Te gusta?-me preguntó.
-Es…es…hermoso-respondí, recuperando el habla-¿Cómo…? ¿Cuándo…?
-Lo empecé al día siguiente de conocerte. No sabía cuando sería tu cumpleaños, y yo quería hacerte un buen regalo, así que me puse a trabajar en seguida…y el trabajo dio sus frutos.
-Es…maravilloso…-susurré.
-Este jardín es especial. Por eso, es mi regalo. Para que recuerdes que siempre estaré contigo.
Mark me abrazó, y yo, que no me lo esperaba, me quedé quieta, pero enseguida correspondí a su abrazo.
Estuvimos un rato así, abrazados, hasta que mi corazón, que había empezado a latir desenfrenadamente en cuanto me tocó, se calmó un poco. Entonces, cuando ya pude hablar, le dije:
-Oye, Mark, hay algo que deberías saber…
Él asintió, sin dejar de abrazarme.
-Yo…no me llamo Leyre.
Se separó de mí, mirándome de una forma como nunca antes nadie me había mirado.
-¿Puedo saber tu nombre?- me dijo, igual que la primera vez que hablamos.
Con la misma sonrisa.
-Me llamo…Ninette.
Él asintió, y me volvió a abrazar.
-Puestos a ser sinceros-me dijo-Yo tengo que decirte algo también.
Al igual que él había hecho, yo asentí, sin soltarlo.
-Quiero que sepas…que me enamoré de ti nada más conocerte. No debería haber pasado, pero ha pasado. Y no me arrepiento.
-¿Por qué…?-empecé a decir, pero él me selló los labios con los suyos.
Y me rendí a ese beso, como si no hubiera otra cosa en el mundo.
Y, cuando nos separamos, me abrazó por tercera vez, y me susurró al oído:
-Perdóname.
Se separó de mí, se levantó, y se fue.
Al día siguiente, no apareció, a pesar de que lo estuve esperando todo el día.
Ni al siguiente.
Y, a los dos días, me encargaron una misión.
Tenía que eliminar a un espía de la competencia, que se había infiltrado en nuestra base haciéndose pasar por jardinero, con el propósito de recopilar información y robarnos los más mortales secretos.
Aquel espía era Mark.
Sentí que el mundo se hacía pedazos, y me sentí engañada y traicionada. Mark, mi único amigo, la única persona que no me había olvidado…era mi enemigo.
A pesar del dolor, acepté la misión.
Y partí en su busca, a la ciudad vecina, donde se había ocultado. Me acompañó uno de los hombres de confianza de mi padre.
Lo encontramos casi en seguida, pero no huyó. Se limitó a pedirnos que lo siguiéramos, y nos llevó a las afueras de la ciudad.
Tenía un nudo en el pecho y en la garganta, que no me dejaba hablar.
Cuando llegamos, por fin el nudo desapareció, y pude decir, aunque en voz muy baja.
-¿Por qué, Mark?
Él suspiró, y, sin mirarme, respondió.
-Uno de los hombres de tu padre asesinó a mi familia delante mía cuando tenía once años. Yo me salvé porque estaba escondido en el armario de las toallas. Luego, llegaron mis jefes, diciendo que se vengarían por mí. Y, hace unos meses me encomendaron esta misión. Pensé que me vengaría, que mataría a toda la familia del jefe de ese asesino ante sus propios ojos. Pero te conocí, y me enamoré de ti.
-¡¡¡Deja de mentirme!!!-aullé.
-Eso no es mentira. Me enamoré de ti, y eso truncó todos mis planes de venganza. A estas alturas, ya no les soy útil a mis jefes, y no tengo a nadie. Así que, si muero, a nadie le importará.
Caí de rodillas en el suelo, llorando.
-Sí que me importará. Si te pierdo, me quedaré sola. No quiero estar sola otra vez, quiero estar contigo. Podrías haber renunciado a tu venganza, podríamos habernos quedado juntos…
>Yo también te quiero, maldita sea, te quiero. ¿A caso no te importan mis sentimientos?
Se acercó a mí, se agachó, y me secó las lágrimas con sus dedos.
-No puedo ni pensar en quedarme a tu lado después de todo el daño que te he hecho.
Se levantó, y se puso frente al hombre que me acompañaba, abriendo los brazos, desarmado.
Supe el momento exacto en que mi compañero disparó. Me levanté, y me interpuse entre la bala y Mark.
Y la bala me dio en pleno pulmón.
Caí al suelo, y aún alcancé a oír un segundo disparo, pero que salía de al lado mía, y oí el cuerpo de mi compañero caer pesadamente al suelo.
Luego sentí los brazos de Mark rodeándome, y llamándome desesperadamente por mi nombre, mi verdadero nombre.
Abrí los ojos tanto como pude, alcé la mano, y le acaricié el rostro.
-Mark…-alcancé a susurrar.
Lo último que escuché fue un sollozo desesperado.
Lo último que vi fue el rostro de Mark, pálido e infinitamente triste.
Lo último que sentí fue una lágrima que cayó en mi mejilla.
Y, desde ahí, todo está oscuro…

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