Ella era la única que desentonaba en aquel baile.
Ella, con su imagen angelical, era la única que estaba sola en aquel baile de máscaras. Mientras, a su alrededor, todos bailaban en parejas, al son de aquella música recurrente y victoriana, cogiendo de la mano a la persona que les acompañaba.
Fantasmas de la mano de princesas medievales.
Caballeros de brillante armadura de plástico de la mano de Faraonas egipcias.
Demonios que bailaban de la mano con frustrados intentos de vampiresas.
Y, entre todos ellos, un solitario ángel que miraba todo desde al lado de la puerta, con un vaso de refresco en la mano, las alas contra la pared, y la mirada de sus ojos castaños en el suelo, tras la máscara de encaje blanco. Un paso de baile, dos, tres...ella los contaba, deseando con todo su ser tener una pareja con la que bailar aquella noche, alguien que no quisiera ser ni un caballero, ni un fantasma, ni un demonio.
Alguien...distinto a todos.
La música paró. Y también el sonido de pasos. Alzó la cabeza, extrañada, y vio que todos la miraban.
Como siempre, sacó la máscara, y sonrió.
No me lo puedo permitir, se dijo. Soy un ángel, y los ángeles nunca se muestran tristes o turbados, se dijo.
Sí...Tengo que seguir llevando mi máscara de sonrisa.

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