Anoche, Cenicienta huyó del castillo, mientras las campanadas aún resonaban por los alrededores. Agarró con fuerza su vestido, y corrió como si de ello dependiera su vida, dejando atrás todo aquello por lo que había peleado.
Pero esta Cenicienta no peleó con sus hermanastras, madrastra, ni nada así.
Cenicienta luchó por algo que sentía.
Algo por lo que respiraba, vivía, comía, sonreía, y despertaba cada mañana. Cenicienta había dejado de lado la fregona, la escoba, las burlas, y el pasado, sólo para pelear por un sentimiento, por ver sonreír a alguien.
Pero Cenicienta nunca lo consiguió.
Su baile cesó con la primera campanada, cuando tomó una decisión, tal vez, equivocada.
Se detuvo en medio del vals en la segunda campanada, parpadeando para contener las lágrimas.
Dio un paso atrás en la tercera campanada, sabiendo que, tras el siguiente, no podría volver, por más que lo deseara.
Le miró a los ojos en la cuarta campanada.
En la quinta, le entregó su maltrecho corazón.
Se giró en la sexta campanada, agarrando las faldas de su vestido.
Echó a correr, huyó, en la séptima campanada.
En la octava, cruzaba mareas de gente en la fría noche.
En la novena, su vestido se había transformado en otra ropa.
En la décima, pidió un vodka.
En la undécima, iba por el cuarto.
En la duodécima campanada, sonó su móvil.
Y con la más perfecta máscara, rió durante la llamada, volvió al pub lleno de gente, jugó a los dardos y al billar, y se suicidó, dejándose ahogar en un mar de vodka, ron y olor a humo de discoteca.
Cenicienta despertó en su cama a la mañana siguiente, abrazada a un peluche. Se levantó, y miró a su alrededor.
Y las cuatro paredes se cerraron entorno a ella, cuando vio el ordenador encendido.
"El único deseo que pido, es poder tenerle de nuevo a mi lado."
Cenicienta...Nunca aprenderás.
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