Y mi tristeza se calmó. De repente, los violines empezaron a llenar mis oídos con su dulce melodía, y una leve sonrisa se dibujó en mi rostro.
De repente, aunque seguía extrañando a mi perdido Réquiem, me sentía más calmada.
Llegaron él y su música, diferentes, distintos, embriagándome.
Sus misterios, sus risas, todo me volvieron a poner los pies en la tierra.
Y, cuando las lágrimas amenazan con volver, él y sus chistes me hacen reír.
Tú y tu violín. Y tus chistes. Tus misterios. Incluso el nombre que me regalaste, y la forma en que me ves.
¿Cómo lo hiciste para aparecer tan a tiempo en mi vida?
No hay comentarios:
Publicar un comentario